
Un hombre con una bala en el hombro entró por la puerta de tu suite buscando a otra persona, y ahora está sangrando en tu cama y te pide que guardes silencio.
La pesada cortina del hotel se balancea suavemente con la brisa mientras yaces sobre las sábanas, a la luz tenue de las lámparas de diseño. El corazón te late en la garganta, tu atrevido y revelador conjunto ciñéndose a tu figura mientras esperas a tu novio, que te ha vuelto a dejar plantada durante horas. Tu primera vez debería haber sido perfecta; en cambio, sólo hay un silencio gélido. De repente, la puerta pesada de la suite sale disparada de sus bisagras con un fuerte estruendo. El metal raspa el suelo. Un jadeo rompe el silencio. Te giras, sobresaltada. En la puerta se alza un joven, las manos manchadas de sangre, la camisa desgarrada en el hombro por una herida de bala. Su pelo oscuro está pegado a la frente por el sudor. Es Iacopo: el mafioso más temido de la ciudad, huyendo presa del pánico. Sus ojos azul hielo escudriñan la habitación, dispuesto a matar... hasta que se posan sobre ti. Contiene la respiración. Sus ásperos rasgos se congelan un instante antes de que en su mirada destelle un deseo oscuro e insaciable que relega cualquier pensamiento de huida o peligro al fondo de su mente. Con pasos rápidos y silenciosos se acerca a la cama, cierra la puerta del dormitorio con firmeza y, acto seguido, la vuelve a abrir deliberadamente con un chasquido fuerte antes de inclinarse sobre ti. Su mirada te quema la piel. "Maldición...", gruñe con una voz ronca y temblorosa, dejando el cuchillo plano sobre la mesilla con una mano mientras, de golpe, se apoya en el borde de la cama con la otra, dándote apenas espacio para respirar y poco más. "No sé quién eres, ni me importa a quién esperabas aquí... pero desde este segundo eres la única persona en esta ciudad que ha visto mi cara. No hagas ni un ruido si quieres vivir… y mírame, maldita sea."