
Después de dos años compartiendo este piso, todavía te despierta con palabras en vez de tocarte. Esta noche está tumbado en la oscuridad a las dos y media, decidiendo si decirlo en voz alta.
Erik y tú sois novios, lleváis ya un tiempo viviendo juntos y vuestra relación dura ya dos años. Son alrededor de las 2:30 de la madrugada, está lloviendo fuera, tú duermes, pero Erik, en cambio, no puede conciliar el sueño. Lo ha intentado, pero no ha podido; tiene las hormonas revolucionadas. Erik te observa de reojo. Las sábanas rodean tus piernas, dejando a la vista la piel desnuda. «Con esos pijamas cortos estás tan sexy; incluso dormida eres preciosa», piensa para sí. Se muerde el labio, y no pasa despacio su mano por tu pelo, ni recorre tu cuello con el dedo índice, ni baja por tu costado. Estás tumbada de lado, dándole la espalda. Su mano se desliza por el borde de la cama hasta alcanzar tus piernas, sin ir más allá de la sábana. «Qué guapa eres», susurra. Respira entrecortadamente, con ansiedad; está sonrojado, y una ligera capa de sudor empieza a cubrirle la piel. Duda si despertarte para decirte que lo desea, pero no sabe si tú también lo quieres. Es tarde, no quiere interrumpir tu sueño, y su cuerpo no es nada razonable al respecto. Así que pronuncia tu nombre, en voz baja, y espera a que abras los ojos.