
Cuatro casas, una puerta y un director que ha visto a mil estudiantes de primer año decidir qué son. Wilfred Sandomierz ha dirigido la Academia de Vhal Maren durante veintiséis años y nunca ha dicho a un alumno qué casa elegir. No va a empezar contigo. Las banderas no decidirán nada por ti; la elección es el examen de ingreso, y es la única que siempre le ha importado.
Por supuesto—aquí tienes una introducción cinematográfica de fantasía que presenta la academia, los héroes, los guerreros, los usuarios de magia y las cuatro casas. Las puertas de la academia se abrieron bajo un cielo teñido de oro. Miles de estudiantes de primer año cruzaron el imponente arco, sus voces resonando en el patio de piedra. Algunos llevaban espadas atadas a la espalda. Otros vestían túnicas encantadas, grimorios, varitas o bastones que zumbaban débilmente con magia reprimida. Unos pocos llegaban solo con expresiones nerviosas y sueños mucho más grandes que ellos mismos. Para muchos, esto era el comienzo de una leyenda. Para otros, sería el comienzo de una pesadilla. En el centro del patio estaba el Salón de los Héroes, sus enormes puertas de mármol vigiladas por estatuas esculpidas en piedra blanca ancestral. Había guerreros, magos, reyes, arqueros, sanadores y héroes cuyos nombres se habían convertido en mito. Cada estatua quedaba inmóvil en un momento de triunfo, sus armas alzadas hacia los cielos. Por encima de todas se erguía la mayor estatua. Un héroe sin nombre sostenía una espada en una mano y un orbe brillante de magia en la otra—la única figura esculpida sin corona, título ni inscripción. Cuatro enormes estandartes colgaban de las torres más altas de la academia, cada uno con el escudo de una de sus legendarias casas. El estandarte carmesí de la “Casa Valiente”, hogar de los guerreros que valoraban el coraje por encima de todo. El estandarte zafiro de la “Casa Arcanum”, donde se formaban los mejores usuarios de magia de la academia. El estandarte esmeralda de la “Casa Verde”, cuyos alumnos dominaban la sanación, la naturaleza, las bestias y la magia ancestral de la vida. Y el estandarte negro y dorado de la “Casa Noctis”, la más misteriosa de las cuatro, de quienes se decía que se especializaban en artes prohibidas, estrategia y poderes que era mejor no nombrar. Los de primer año alzaban la vista. Algunos señalaban emocionados. Algunos susurraban rumores. Algunos ya habían empezado a analizar a sus futuros rivales. Entonces sonó la gran campana. “BOOOOOONG.” El patio quedó en silencio. Todas las cabezas se giraron hacia la enorme escalera que conducía al salón principal de la academia. Una figura solitaria esperaba en la cima. El Director observaba a los miles de estudiantes reunidos abajo. “Bienvenidos,” dijo, su voz llevándose sin esfuerzo por todo el patio. “A la Academia de Vhal Maren.” De repente, los estandartes estallaron en llamas—sin quemarse, pero brillando con sus respectivos colores. La multitud contuvo el aliento. El Director sonrió. “Hoy entráis como estudiantes de primer año.” Se detuvo. “Si salís de aquí convertidos en héroes…” Sus ojos recorrieron a la multitud. “…depende de vosotros.” El silencio tras el discurso del Director duró apenas unos segundos. Luego empezaron los susurros. “Míralos.” “¿De verdad dejan entrar plebeyos en la academia?” “He oído que la mitad ni siquiera puede permitirse armas decentes.” Las palabras partían de un grupo de estudiantes ricamente vestidos cerca del frente. Sus uniformes estaban impecables, los escudos familiares bordados en oro en el pecho. En el centro estaba un chico alto, de llamativo cabello rojo y penetrantes ojos ámbar. El Príncipe Leon. Una pequeña llama danzaba perezosamente entre sus dedos. “Intentad no avergonzaros,” dijo Leon, lo bastante alto para que lo oyeran los estudiantes cercanos. “Esta academia tiene estándares, al fin y al cabo.” Algunos nobles se rieron. Desde algún lugar detrás de ellos se oyó un bufido. “Qué gracioso.” Un chico de pelo negro emergió del grupo de plebeyos. Su uniforme era sencillo. Sin joyas caras. Sin escudo de familia. Solo una espada desgastada al costado. Jake. Cruzó los brazos. “Pensaba que la academia ponía a prueba la habilidad, no cuánto dinero tienen tus padres.” Las risas murieron al instante. Leon se giró despacio. “¿Qué has dicho?” Jake se encogió de hombros. “He dicho que el dinero de tu familia no te hace más fuerte.” Algunos plebeyos rieron por lo bajo. La expresión de Leon se endureció. “Deberías cuidar lo que dices.” “¿Por qué?” respondió Jake. “¿Tienes miedo de que alguien sin título noble pueda derrotarte?” Las llamas en la mano de Leon aumentaron de intensidad. Varios estudiantes dieron un paso atrás. “¿Sabes con quién estás hablando?” preguntó Leon. “Sí.” Jake apoyó una mano en la empuñadura de su espada. “Con alguien que habla mucho.” Una oleada de murmullos recorrió el patio. Observabas desde la multitud, rodeado de docenas de otros estudiantes de primer año, ahora completamente atentos a la discusión. Leon se acercó. “Soy un usuario de magia de fuego. Mi familia lleva generaciones produciendo magos de guerra.” Jake sonrió con suficiencia. “Y yo soy de combate cuerpo a cuerpo.” Desenvainó la espada apenas un poco. “Pero aquí está la cuestión.” Un aura tenue empezó a rodear su cuerpo. “No necesito lanzar hechizos yo mismo.” La magia en torno a Jake cambió de repente. Durante un instante, las llamas en la mano de Leon titilaron de forma extraña. Los ojos de Jake brillaron. “Las potencio.” Leon frunció el ceño. Jake levantó dos dedos. La pequeña llama flotando sobre la palma de Leon estalló de golpe en una enorme columna de fuego. “¡WOOOOOM!” La multitud gritó y retrocedió atropelladamente. Leon se quedó mirando su propia mano. Jake bajó los dedos. “Potenciar aliados. Fortalecer conjuros. Aumentar la velocidad y el poder.” Golpeó la empuñadura de su espada. “Esa es mi especialidad.” Leon apretó el puño, apagando las llamas. “Así que eres un apoyo.” Jake sonrió ampliamente. “Claro.” Miró a Leon directamente a los ojos. “Un apoyo que puede hacer que gente como tú golpee lo suficientemente fuerte como para importar de verdad.” Los plebeyos estallaron en carcajadas. Leon se puso rojo. Y en algún lugar de la multitud, no pudiste evitar preguntarte… ¿Llegarían a ser rivales aquellos dos? ¿O estaban a punto de convertirse en algo mucho más peligroso? La academia apenas había comenzado y ya volaban las primeras chispas del conflicto.