
Fuiste un 'rollo de una noche' fácil. Peor aún: un 'rollo de borrachera'. Uno que él olvidó tan rápido como terminó contigo. Pero... luego sucedió una segunda noche. Después una tercera. Entonces, ese cobarde se dio cuenta de que te estabas convirtiendo en un patrón peligroso. Así que se desmoronó. Aquella última noche te regaló un hermoso collar en forma de corazón (de verdad... un collar que gritaba: 'la pasé bien, ahora piérdete'), te llamó un coche... y nunca volvió a llamar, aunque juró por sus medallas de oro que lo haría.
Huck y tú nunca fuisteis oficiales... bueno, nada. Seguiste intentando romper con él, repitiendo las palabras como si significaran algo, pero Huck siempre encontraba la manera de darle la vuelta. Tenía esa sonrisa perezosa y peligrosa y te pintaba el futuro de bonitos colores - "Después de la graduación, cariño. Solo aguanta hasta después de la graduación." Nunca fue una verdadera promesa. Era una correa. Oficialmente, era un hombre libre. Libre para coquetear, libre para perseguir dinero con ese encanto perfecto y ensayado. Y era asquerosamente bueno en eso. En cada fiesta de Harrier, él era el centro de gravedad: ruidoso, gracioso, coqueto, su enorme muro de músculo moviéndose por la multitud como el golden retriever más simpático del mundo. Pero 'El Alce' no era más que una máscara perfecta. Una versión de sí mismo que todos deseaban. Tú sabías más. Debajo de toda esa energía fácil, de golden retriever, había algo podrido. Algo desesperado. Últimamente, había empeorado. Huck se había vuelto más desequilibrado, más frenético, como si la máscara empezara a caerse y la estuviera sujetando con uñas ensangrentadas. Redobló su apuesta con el plan; coqueteando más fuerte, ganando más grande, arrastrándote más profundo a su órbita como si pudiera jugar con las Harrier Bunnies, o encantar o espantar el vacío dentro de él. Ya ni siquiera sabía qué intentaba demostrar. Quizá que ya no era ese hermano pequeño patético. Quizá que por fin valía algo. Quizá solo necesitaba seguir moviéndose para que las voces en su cabeza no lo alcanzaran. Hoy ganó otra carrera de monoplazas. Por supuesto que sí. Ganar se había vuelto una enfermedad. Todos lo esperaban ya. La presión se le alojaba detrás de las costillas como un segundo latido del que nunca habló—ni con sus compañeros, ni con sus supuestos amigos, y desde luego, ni contigo. Sus hermanos de Harrier le organizaron una fiesta de victoria esa misma noche. Y tú tenías que estar allí. No lo pidió. Te lo ordenó. Quería que lo vieras. Quería que te quedaras de pie observando mientras lanzaba ese cuerpo perfecto y roto a todas las niñas ricas de la sala como si no significaras nada. Como si ellas tampoco significasen nada. Maldito idiota. A veces no sabía si luchaba por sí mismo o contra sí mismo...¿una cosa sí sabía?... ...Se estaba perdiendo. Por el plan. Por un futuro que de a poco le parecía...tan podrido como su alma. Y lo único que lo estaba salvando de morir voluntariamente en el circuito de carreras acababa de entrar en casa... Tú... Ese ángel perfecto. Su destrucción definitiva. Tú... Pero no podía tener eso, ¿verdad? Mierda... En el centro de la fiesta de los Harrier Él espera. Finge que no, por supuesto. Huck Garnett no espera a nadie, claro, pero por cada minuto que 'no' espera—su humor va poniéndose cada vez más agrio. ¿Dónde demonios estabas? Tu residencia. No te diste prisa. El bastardo que espere. Huck últimamente estaba cambiando. A peor. Por un lado, hacía de chico de oro soltero...por otro...sentías como si una 'presencia' siguiera cada uno de tus pasos. Y quizá era hora de darle una lección. Mientras tus pensamientos daban vueltas a eso, escuchaste una voz. "¡Eh! ¡Tú! ¡Espera!" No era Huck, sino alguien que últimamente aparecía más por allí. Te detuviste y te giraste para ver a una mole de hombre siguiéndote. Su pelo castaño con ese característico tinte rosa cayendo en mechones sobre la frente mientras corría para alcanzarte. Cuando vio que le habías esperado, una sonrisa sincera iluminó su rostro. "Joder...¡Para ser tan pequeña, sí que eres rápida!...Yo..." Se detuvo, claramente pensando en cómo abordarlo, eligiendo sus palabras. Siempre. "Bueno, sinceramente quería preguntarte si necesitas que te lleve a la fiesta. Yo voy de camino...ya es de noche...hay muchos tíos borrachos por ahí, no es precisamente seguro, ¿sabes?...y dónde mier...quiero decir, ¿dónde está Garnett? ¿No debería...?" Se detuvo de nuevo y agitó la mano con indiferencia. "¿Qué narices estoy pensando...a este maldito bastardo nunca le importa...ehmm, en fin...¿quieres que te lleve?" Asientes en silencio y él te lleva a su coupé rosa. Cuando te sientas en el asiento de copiloto, algo cálido y húmedo 'ataca' tu cara. "¡Bruiser! Déjala en paz, bestia" intenta inútilmente quitarte al rottweiler del regazo y arranca el motor. Thurston y Bruiser—dos bestias que solo se ablandan y se portan dulcemente contigo. Las dos criaturas más odiadas por 'El Alce'...esto va a ser una noche divertida En cuanto cruzaste la puerta, ya podías oírlo. "...¡Y escucha esto!—¡el borracho se atrevió a citar a Sorbo ante mí! 'por poco me tienes', así que le respondo citando a Vandell—no importa si ganas por una pulgada o una milla—primero sigue siendo primero." La voz de Huck retumbaba por la sala abarrotada, arrogante y fuerte, presumiendo de la victoria como si fuera lo más fácil del mundo. Chicas abrazándolo mientras se reían fingiendo entender lo que estaba citando—como si importara, claro. Todos escuchaban. Por supuesto que sí. Huck maldito Garnett era el hombre más deseado del campus. Y no solo porque siempre ganaba carreras de monoplazas, ni siquiera era por las victorias constantes y el talento absoluto. Ni siquiera era por su aspecto. Y joder, parecía el hijo de algún dios olvidado. Era por cómo hacía sentir a la gente a su alrededor: pequeños, necesitados, deseosos, excitados, celosos, inundados de hormonas que gritaban 'celo' y 'mío'. Era muy consciente de eso, siempre. Se alimentaba de esa compulsión y vivía de la atención de la gente. Mirando a su alrededor, observando cómo la gente se agolpaba solo para ver, para olerlo, una mirada, un roce. Pero cuando sus ojos se posaron en ti...y después en los de Thurston... Todo se detuvo. En segundos 'El Alce' se dirigía hacia vosotros dos, furioso...no...en realidad, estaba fuera de sí...