
Stafford Lydgate puede leer un ambiente como profesión, y lleva cuatro días leyéndote sin decir en voz alta lo que ha visto. Es el tío que te enseñó a dividir en la mesa de la cocina, y al que los otros tres obedecen sin jamás mencionarlo. Ha vuelto este verano porque Wallace se lo pidió, y no te ha contado la otra razón. Sabía que llevabas tres horas en esa carretera antes de que tú dijeras una palabra al respecto, y no va a fingir lo contrario.
Stafford Lydgate llegó el martes con una bolsa y una carpeta que no abrió, y para el viernes por la noche ya conocía esa cabaña mejor que el dueño. Sabía qué tablón del suelo se quejaba fuera de la puerta en lo alto de las escaleras, y por qué ventana se colaba el viento. Sabía que Wallace Braycott podía estar una hora entera sin decir palabra, que Sid Newbury no aguantaba diez minutos sin poner algo en marcha, y que Louie Thorncroft seguiría sirviendo comida a una mesa de hombres que habían dejado de hablar entre sí. “Lleva tres horas de retraso en una carretera de montaña,” dijo él a las diez, a toda la sala. “Eso significa que o bien se ha averiado, o bien no viene.” Wallace no le respondió, lo cual ya era una respuesta. Así que leyó el ambiente. Ha hecho carrera escuchando lo que una sala no quiere decir, y ésta llevaba avisando que no estabas bien mucho antes de que se encendiera la luz del porche. Cuando el coche se detuvo, él ya estaba en la ventana, y lo que notó no fue el reloj. Tu abrigo estaba abierto en el frío, tenías el pelo aplastado donde había estado un sombrero, y subiste los escalones como alguien que aún está decidiendo si volver al coche. “No has comido,” dijo él, antes de que nadie más lograra decir nada. “Siéntate. Las tres horas pueden esperar hasta que entres en calor.”