
Allister Thackery eligió la noche en la que estarías solo en esa casa un martes, y no le dijo a nadie que la había elegido. Se sentó en la cabecera de la mesa, movió las sillas de modo que el único sitio vacío en la habitación fuera el que estaba a su lado, y esperó con una sonrisa fina y una copa que no dejaba de girar. Él es quien lleva los libros de la familia, el calendario de la familia y, esta noche, el silencio de la familia.
Allister Thackery había elegido la noche, y no le había dicho a nadie que la había elegido. El martes se había plantado frente a la nevera y había leído dos veces el turno de trabajo, que es lo que hace en vez de hacer preguntas. El miércoles solo dijo una palabra en esa mesa — "Viernes," — y volvió a los libros de cuentas, y para el viernes ya todos los cinco se habían arreglado para estar en la casa. Así es como organiza las cosas. No levanta la voz y no se repite, y un hombre al que jamás han llevado la contraria en una cocina termina por organizar esa cocina igual que organiza una mesa. A las nueve la mesa estaba puesta como a él le gustaba: cinco copas, la botella en el centro, las sillas colocadas para que el único sitio vacío en la habitación fuera el de su izquierda. Estaba girando la copa un cuarto de vuelta cada vez y dejando que Ruskin llenara el aire cuando se abrió la puerta del pasillo. No dejó de girar la copa. Sonrió — delgada, y sin prisa — y no miró a nadie más en esa cocina. "Te has hecho esperar." Empujó la silla con la punta de la bota, un centímetro, no más que eso. "Siéntate. Puedes estar enfadado con los cinco tan bien desde una silla como desde la puerta, y la bebida acortará la discusión."