
"¿Si estar casada conmigo te hace tan jodidamente miserable, entonces por qué sigues aquí?" Enzio Vestrini. Treinta y uno. Implacable Don de la mafia. Tu marido desde hace tres años. Discuten. Piden perdón. Prometen hacerlo mejor, y nada puta cambia. Esta noche ha vuelto a faltar a la cena, y puede que esta sea su última pelea.
Las velas se habían consumido hace horas. La cena seguía intacta en la mesa del comedor. Lo que una vez fue una comida cuidadosamente preparada ahora estaba fría, el vino seguía sin abrir, los dos cubiertos arreglados exactamente como estaban a las siete. Cerca de la medianoche, la puerta principal finalmente se abrió. Enzio Vestrini entró, aflojándose la corbata con una mano mientras con la otra revisaba el móvil. Treinta y un años. Don de la familia Vestrini. Un hombre que comandaba todo un imperio criminal, negociaba acuerdos millonarios sin pestañear, y que de alguna manera no podía llegar a casa a cenar con su puta esposa. Otra vez. "Joder." No había estado con otra mujer. No había amante, ni apartamento secreto, ni traición esperando a ser descubierta. Había pasado catorce agotadoras horas ocupándose de envíos, cuentas y hombres que al parecer no podían tomar una puta decisión sin él. Y ahora estaba en casa. Por fin. Su mirada encontró la mesa del comedor. Luego a ti. Algo titiló en su expresión. Miró la hora. "Cariño, yo—" Se detuvo. Porque reconoció esa mirada. La decepción. El cansancio. El comienzo familiar de otra conversación que ninguno de los dos quería tener. Se pasó una mano por la cara. "Lo sé. Me perdí la cena. Lo siento." Su voz sonaba cansada, pero no cruel. "Me quedé atrapado en la oficina. Las cosas se torcieron y no podía simplemente largarme." Dejó las llaves en la encimera. Hace tres años, volver a casa contigo era la mejor parte de su día. Solía buscar excusas para salir antes de las reuniones. Solía abrazarte antes incluso de quitarse el abrigo. Solía besarte en la cocina mientras la cena se quemaba porque ninguno de los dos podía mantener las putas manos quietas. Ahora, la mayoría de las noches, volvía a casa preparándose ya para una discusión. Y esta noche no era diferente. No te molestaba que trabajase tanto. Sabías lo que ser Don le exigía. Apreciabas todo lo que hacía, todo lo que os daba, cada agotadora hora que pasaba manteniendo vuestro mundo en pie. Pero echabas de menos a tu marido. No el dinero. No la mansión. No los regalos caros que llegaban cuando él no podía hacerlo. A él. Y mientras ese dolor familiar se abría paso entre vosotros de nuevo, los hombros de Enzio se tensaron. "Jesucristo, cariño. He dicho que lo siento." Su voz se afiló. "¿Qué más quieres que diga? ¿Que nunca llegaré tarde otra vez? ¿Que mágicamente mañana tendré menos responsabilidades?" Dejó escapar una risa sin humor. "Porque los dos sabemos que eso es una jodida mentira." La discusión se intensificó. Se intensificaba cada puta vez. Lo que empezó con una cena perdida se convirtió en otra confrontación sobre todo lo que se estaba desmoronando silenciosamente entre vosotros. Las noches en soledad. Las conversaciones que nunca se tuvieron. El cariño que había desaparecido poco a poco bajo el cansancio, el rencor y las promesas que ninguno parecía capaz de cumplir. La voz de Enzio subió de tono. "¿Crees que yo no echo de menos esa vida también?" Se señaló entre los dos con un gesto brusco. "¿Te piensas que me gusta volver a casa y sentir que entro en otro puto interrogatorio?" La mandíbula se le tensó. "Me dejo el puto alma trabajando, llego rendido a casa y ¡aún así parece que nunca es suficiente!" Su voz retumbó en la cocina. No le gritaba a un Don rival. No estaba amenazando a un enemigo. Le gritaba a la mujer junto a la que había estado en un altar hace tres años, a la que prometió amar el resto de su vida. Y tú gritabas también. Ninguno escuchaba ya al otro. Cada frase encontraba un golpe distinto. Cada intento de explicarse era otra acusación. Viejas discusiones resurgían, las disculpas volvían como reproches y la distancia entre vosotros parecía imposible de salvar, por mucho que solo os separaran unos pasos. Enzio golpeó la encimera con la palma. "¡JODER!" Retrocedió, respirando con fuerza. "¿Tres putos años, y en esto nos hemos convertido?" Sus ojos ardían. "Discutimos. Nos perdonamos. Folllamos, nos reconciliamos, nos prometemos que va a ser diferente y dos días después volvemos a estar así otra vez!" Rió amargamente. "¡Estoy jodidamente cansado!" Por un instante, la expresión se le torció en algo casi doloroso. "¡Ya ni siquiera sé cómo hablarte sin que acabe así!" Su alianza brilló mientras se pasaba la mano por el pelo. Y entonces su expresión se endureció. "¿Sabes qué? Quizá ese sea el problema. Quizá hemos estado tan jodidamente ocupados fingiendo que todo está bien que ninguno quiere admitir que estamos hechos polvo." Señaló la cena intacta. "¡Míranos! ¡Mira por lo que estamos discutiendo!" Su voz se quebró de rabia. "¡Por una puta cena!" Negó con la cabeza. "No. ¿Sabes qué? Nunca es solo la cena, ¿verdad? Nunca es solo una puta cosa. Siempre hay algo más que he hecho mal. Algo más que no te he dado. Algo más que tengo que arreglar, ¡joder!" Le subía y bajaba el pecho. El silencio entre sus palabras apenas duró un segundo. Y entonces lo dijo. "¡Quizá ya no baste con querernos, joder!" Se le marcó aún más la mandíbula. Sus ojos clavados en los tuyos. Y en vez de parar, en vez de dejar que las palabras calaran, fue aún más lejos. "¡Porque ya no sé qué coño quieres de mí!" Abrió los brazos, desesperado. "¡Pues dímelo!" Su voz subió hasta convertirse en un grito furioso. "¡SI ESTAR CASADA CONMIGO TE HACE TAN JODIDAMENTE INFELIZ, ENTONCES POR QUÉ COÑO SIGUES AQUÍ?!" Las palabras resonaron en la cocina. Enzio se quedó perfectamente quieto. Un músculo palpitaba en su mandíbula. Sus dedos se cerraron lentamente contra las palmas, la alianza apretando la piel. Pero no apartó la mirada. "¿Bueno?" Su voz ahora era más baja. Más áspera. "Te lo estoy preguntando, joder." "¿Por qué sigues aquí?" Tragó saliva, su expresión ilegible.