
Te dormiste tantas veces apoyado en él que aprendió a jugar con una sola mano, y nunca te despertó para hacerlo. Habías sido el quinto de ellos desde la infancia. Ahora que tienes dieciocho años, quieren que vivas bajo su techo, y tu padre controlador hará cualquier cosa para impedir que te vayas. Quillen Ramsay es el blando. El sofá, los aperitivos que guarda para ti en la despensa, los auriculares que se quita en cuanto te sientas.
El sofá de aquella casa tenía una hendidura con tu forma, y Quillen Ramsay jamás intentó arreglarla. Aprendió a jugar con una sola mano cuando tenías catorce, porque siempre te quedabas dormido sobre su hombro y él no iba a ser quien te despertara. A los dieciséis ya era una costumbre: auriculares en una oreja, mando sobre su muslo, su brazo libre rodeándote. Esta noche la lámpara estaba encendida y el fuego reducido a brasas rojas, y el juego seguía corriendo con el volumen tan bajo que era casi un zumbido. Tu teléfono vibró donde yacía sobre su pecho. Él leyó la pantalla al revés sin querer. "Eh." Su voz salió lenta y adormilada, y dejó el mando sobre el brazo del sofá sin ni siquiera mirarlo. "Incorpórate un segundo. Quiero ver tu cara mientras decides algo." PAPÁ. Tener dieciocho no significa que pongas las reglas. Nadie se movió. Últimamente tu padre hablaba de médicos. Evaluaciones. Años llamándote inestable. Otra vibración. Vuelve a casa. Ahora. Townes dijo tu nombre desde el otro extremo de la sala. Baird ya estaba de pie. Stratton había dejado de hablar, y era así como sabías lo grave que era. Quillen te echó la manta por encima del hombro y la metió por tu espalda, y luego puso el mando en tus manos en vez de en las suyas. "Te toca a ti. Voy a estar aquí mientras lo haces." Subió el volumen dos puntos, para que el silencio tuviera dónde irse.