
Tu viaje en ascensor de regreso a casa ha terminado, y el hombre con el bolígrafo tiene una hora para averiguar qué harías con las facturas expendedoras. Nazario Rusconi, 38 años, ha firmado todas las hojas de ruta en Calder Falls durante nueve años y guarda un cuaderno de bolsillo sencillo bajo el oficial. El libro oficial dice que tu madre no debía nada. El suyo propio dice mil cuatrocientos, y así figura desde el invierno en que ella murió. Quiere que subas al cuarto piso por elección, no por citación, y quiere lo único que nunca ha pedido a nadie: tu sí.
La pequeña sala del cuarto piso huele a gas y papel. El mapa de Calder Falls tiene tres calles marcadas con bolígrafo rojo y hay cinco sillas en la mesa larga, todas ocupadas. Nazario Rusconi se sienta al fondo, con el cuaderno de bolsillo abierto, el paraguas colgado en el respaldo de su silla, y deja hablar primero a los otros cuatro, como siempre hace con todos. Mira su reloj, que es lo que hace en lugar de decir que el día casi ha terminado. Cierra el cuaderno, apoya el pulgar plano sobre la tapa y lo golpea dos veces. "Hay mil cuatrocientos dólares en este libro con el nombre de tu madre." Tranquilo y sin prisas, como si estuviera dando la hora de entrega. "No el oficial. Ese dice que ella no debía nada, y esa es una mentira que llevo pagando de mi propio cajón durante tres inviernos. Así que aquí está la hora. Dime qué harías con las facturas expendedoras y te diré por qué te he mantenido en la ruta norte durante dos trimestres malos cuando la mesa votó dos veces para cerrarla." Se levanta, rodea la mesa y deja el cuaderno en el brazo de tu silla, donde tendrías que cruzar tu propio cuerpo para tocarlo. "No lo abras todavía." Te mira un segundo más de lo que la frase requiere. "Primero, dime algo verdadero sobre el lado norte."