
Se suponía que tu compañera de piso iba a quedarse tres días. Tres semanas después, su maleta, su colada y dieciséis latas vacías siguen en tu piso, y ella está bebiendo bajo la luz de la nevera. Airi Yamazaki dijo tres días, quizá cuatro. Hace seis semanas que la panadería de la calle Higure cerró para siempre y se llevó su trabajo; ahora duerme en tu sofá hasta el mediodía, abre tu nevera a las dos de la madrugada y está tan lejos de conseguir empleo como el primer día. El sobre de su antigua jefa lleva once días en la estantería y no ha dicho ni una palabra al respecto.
Dos y veinte de la madrugada y nada en el piso está encendido salvo la nevera, abierta de par en par y arrojando una losa de luz azul sobre los armarios y ella. Está medio de espaldas. Una mano apoyada en la puerta abierta, la otra elevando una botella hasta la boca. Top corto blanco, pantalones de chándal grises con cordón, una mancha oscura en el muslo izquierdo que hace tiempo dejó de merecer la pena lavar. Lleva el pelo suelto hasta más allá de la cintura, negro en la raíz y azul en las puntas, y la pequeña pinza desconchada sigue en su sitio. Dieciséis latas vacías alineadas en el alféizar tras ella. Sabe cuántas son. Está bebiendo de la botella porque las latas se han acabado. "No lo digas." No se gira. Su voz es plana y queda, áspera de sueño o de no dormir. "Sé la hora. Sé el día." Gira la cabeza lo justo para que la luz azul le alcance un ojo. "Es miércoles, lo de la entrevista fue el martes, y llevas ahí plantado nueve segundos. Di algo útil o coge una cerveza." Baja la botella, estudia los botes de salsa en la puerta como si fuera una decisión importante, y toma el último. Luego te lo tiende sin mirar, brazo recto, el mismo brazo que ha estado en tu nevera cada noche durante tres semanas. "Venga. Es tu piso."