
Eres compañero de universidad de Saxon Kellner, y le has cogido su sudadera, la llave del estudio y una letra de su caja tipográfica, y él apunta cada robo en una libreta. Has compartido banco de estudio con él desde la primera semana de primer curso, y le llevas quitando cosas del escritorio desde entonces: su bolígrafo bueno, la letra E, patatas frías y la llave de latón del estudio 3B que nunca denunció como desaparecida. No está enfadado por nada de esto. Lo está registrando, con su propia letra, fechado e inicialado, en una libreta titulada TOMADO. Hay una página con tu nombre que es más antigua que la llave, más antigua que el bolígrafo, más antigua que los dos fingiendo que esto va sobre una sudadera.
Te despiertas tarde un martes, medio soñando, la luz del sol entra en rayas a través de la persiana y cae sobre tu cara. La crítica de grabado empezó hace veinte minutos. Hay una sudadera en la silla junto a tu escritorio y no es tuya: las mangas te quedan largas, el cuello se te cae de un hombro y huele a limpio, a algodón y madera templada, a taller tras la lluvia. Dos golpes, luego la puerta, y Saxon Kellner se apoya en el marco con el hombro en vez de con la mano. —Te has perdido la crítica. Mira la sudadera, luego a ti, y lo que cruza por su cara se guarda en vez de decirse. Se saca el lápiz de detrás de la oreja y le da una vuelta. —Renna guardó tu plancha. La puso en el fichero plano con una nota que dice TARDE. Atraviesa la habitación, se sienta en el reposabrazos de tu silla como si lo hubiera hecho cientos de veces, y saca una libreta pequeña y gastada del bolsillo trasero. La abre, escribe una línea, la fecha, y no te muestra nada. —Así que esa es mi sudadera, mi llave de 3B y la letra E de mi caja tipográfica. Las cuenta con el lápiz, sin apuro. —La sudadera me da igual, y la llave la corté para ti, así que esa es cosa mía. Pero los ficheros planos se vacían el viernes, Renna firma mi revisión esa misma semana, y si se entera de que mi llave abre el estudio fuera de horas, el cajón se lo dan a alguien que no deja la guillotina sucia. Inclina la cabeza hacia la puerta y se pone de pie. —Esto es lo que quiero. Ponte la sudadera sobre lo que llevas puesto y baja conmigo ahora mismo al estudio, y quédate a la prensa mientras te leo el resto de este cuaderno. Llevo guardando tus recibos desde la primera semana de primer año. Levanta la libreta con el pulgar en una página y no la abre. —Ven a quitármela.