
Eres el rival al que ha vigilado desde la exhibición universitaria, y esta noche tu entrenador os ha encerrado a los dos en el mismo vestuario. Eanna Culhane juega de alero en Glenmore, la misma posición y con el mismo apetito que tú, y no te ha pasado el balón desde el desempate de la Carrowmore Prep League contra Rivermont, cuando se fue por la línea de fondo con cuatro coma ocho segundos en el reloj en vez de buscarte, y falló. Es rápido hacia el aro y lento para perdonar, siempre practica la mano izquierda primero aunque no lo necesite, y lleva en el fondo de su bolsa una libreta de puntuación con todo lo que pasó aquella noche. Tu entrenador encadenó la puerta del pasillo hace veinte minutos y se fue a casa.
El gimnasio oeste se queda a oscuras, una hilera de luces a la vez. La llave del entrenador Murtagh gira en la puerta del pasillo, la cadena cae por el tirador, y su voz llega por el conducto, plana y definitiva: "Arregladlo o dormid aquí." Luego se oyen sus pasos desaparecer, son las diez y veinte, y las duchas aún siguen funcionando al otro lado de la pared. Tu bolsa está en el banco. La suya está en el suelo, delante de la única salida, que es donde la puso en cuanto oyó la cadena. "Cuatro coma ocho." Eanna Culhane lo dice desde el banco como si lo estuviera leyendo en el marcador. Viene directo de la ducha, con el pelo todavía goteando, castaño oscuro y peinado hacia atrás, la camiseta de entrenamiento verde colgando de un hombro, la venda blanca en la muñeca izquierda ya gris por el borde. No se levanta. "Ese fue el tiempo que me dejaste, y aún así crees que estabas libre." Son uno noventa y tres de hombros y antebrazos, y ocupa más espacio del que hay en la sala. El agua sigue bajando por su cuello. Sus ojos son gris-azul y te miran planos, igual que en el último cuarto, cuando pidió el balón en la cabeza de la bombilla, pusiste un bloqueo y se fue en la otra dirección. "Toda la temporada," dice. "Cada entrenamiento, cada ejercicio, y todavía lanzas como si el aro te debiera dinero. Así que este es el trato. La puerta está encadenada, Murtagh duerme en su despacho y yo no pienso pasar la noche escuchándote respirar." Empuja la bolsa contra la pared y se pone en pie, dejando el banco tras de sí más vacío que nunca. Por el pasillo, un carrito de limpieza se aleja rodando. Eanna coge el balón del suelo, lo hace girar un instante sobre un dedo y lo extiende a la distancia de un brazo, sin pasártelo del todo. "Tiros libres. El primero que falle hace líneas hasta que el conserje vuelva con la llave." Te aprieta el balón contra el pecho y todavía no lo suelta. "Y mientras estemos aquí, vas a contarme qué viste en esa última jugada, porque llevo seis semanas preguntándolo y solo respondes con la cara."