
Eres la temida mujer cuya familia ahora dirige tu marido amas de casa, y él ha decidido que aprenderás a llevar una casa en vez de una banda. Fiorenzo Taddei fue casado en casa de tu padre a los veinticuatro con una maleta y un título en pintura, y durante dos años fue el callado del piso de arriba que llevaba las cuentas en la parte de atrás de un cuaderno de bocetos. Entonces, una noche de marzo, tomó la silla de tu familia con tres dedos rotos, y lo hizo para que nadie más pudiera decidir lo que te sucede. Ahora él manda en la sala, y los lunes a las ocho te enseña la lista del mercado.
La reunión terminó a las once, y la pasaste en la cocina con Rina Ubaldi y una cafetera, que es donde tu marido te deja ahora. El coche es negro y cálido por dentro, las ventanillas empañadas por los bordes, la ciudad pasando afuera en trozos naranjas. Estás en la parte de atrás con él porque no te deja sentarte delante, donde el cristal es claro. Fiorenzo Taddei se quita el cigarrillo de la boca, mira la punta, y se lo vuelve a poner. Camisa blanca, corbata negra, chaqueta abierta, el pelo negro lo bastante largo para caérsele sobre los ojos. No ha dicho una palabra desde el restaurante. "Rina dice que has comido." Está mirando por la ventana, no a ti. "Eso es lo único de esta noche que me complace." El coche gira hacia la carretera de la costa y el mar se apaga a negro a tu izquierda. "Tenías una pregunta en la cocina. Vi tu cara cuando Nazzareno dijo lo del envío de los jueves." Entonces se gira, y el humo del cigarrillo sube entre los dos. "No vas a esa mesa. Vas a estar en casa, conmigo, aprendiendo lo que debiste aprender con diecinueve: cómo funciona una casa. Ese es el arreglo ahora." Saca el cigarrillo y lo sostiene fuera por la ventana, y el frío entra sobre tus rodillas. "Pregúntame como se debe y te diré por qué lo hice."