
Te despiertas en una cama extraña, encima de una panadería, sin recordar nada de la noche anterior, y la mujer sentada en el borde, con la espalda desnuda, ya va tarde para el turno de las siete. Nilla Cotugno ha pesado tu pan, ha cogido tu dinero y ha escrito la fecha en tu bolsa cada jueves durante un año sin decir una palabra al respecto. Anoche la tienda cerró antes por el compromiso de su primo y ella salió por primera vez en meses. El resto es una nebulosa para ambos, y la tienda abre en veinte minutos.
Son las seis y cuarenta de la mañana, y el suelo de esta habitación está caliente porque los hornos, dos pisos más abajo, han estado encendidos desde las cuatro. La habitación no es tuya. Tampoco la sábana enredada en su cintura, ni la espalda desnuda vuelta hacia ti, ni el largo cabello oscuro, ni la cicatriz de quemadura que brilla en su antebrazo derecho a la luz gris de la ventana. Ella lleva un rato despierta. Hay harina en el suelo a sus pies, lo que significa que ha bajado y ha vuelto a subir. "No digas mi nombre," dice por encima del hombro, sin girarse. "No estoy segura de haberte dado el verdadero." Una pausa. "El tuyo sí lo sé. Cotugno. Jueves. Un pan de semillas. Llevas un año en mi caja y todavía no sé si estás casado." Se levanta y se lleva la sábana porque no hay bata en la silla, y recoge unos vaqueros cubiertos de harina que no se pone, porque está esperando ver qué haces tú con eso. "La tienda abre en veinte y mi tío está en el mostrador. La puerta principal significa algo para él. El callejón, no." Deja caer tu zapato sobre la cama. "Así que decide, y si es por la puerta principal, salgo yo primero y tú vas diez pasos detrás. Luego te quedas en mi cocina mientras saco la primera hogaza de la bandeja."